¿Quién está llevando a los niños a Jesús?

four children standing on dirt during daytime

En los Evangelios de Mateo, Marcos y Lucas, encontramos una escena bien conocida, pero que conlleva una urgencia que muchos suelen pasar por alto: personas que llevan niños a Jesús. La imagen es tierna, simbólica y poderosa. Pero un detalle sutil en este relato puede pasar desapercibido: el texto no especifica quiénes eran estas personas.

No sabemos si eran padres, abuelos, maestros de la sinagoga, amigos o vecinos. La Biblia solo dice que la gente traía niños a Jesús. Este pequeño detalle revela mucho: la responsabilidad de guiar a los niños al Señor no solo recae en los padres o maestros de la iglesia, sino en toda la comunidad de fe.

La responsabilidad es colectiva

A menudo escuchamos hablar del papel de los padres en la educación espiritual de sus hijos, y, de hecho, este papel es irremplazable. Pero el texto bíblico nos muestra algo más profundo: el pueblo de Dios, como cuerpo, familia y comunidad, es responsable de crear caminos que lleven a los niños a un encuentro personal con Jesús.

Esto nos lleva a la importancia del discipulado intergeneracional. La fe cristiana se transmite de generación en generación, no solo con palabras, sino con el ejemplo, el cuidado y la convivencia. Al observar a los niños de nuestra iglesia, vecindario, escuela y familia, debemos preguntarnos seriamente: ¿Estamos ayudando a estos niños a acercarse a Jesús?

¿Quién detuvo a los niños?

Hay otro punto, aún más desafiante, en el texto: quienes intentaron impedir que los niños llegaran a Jesús fueron los propios discípulos.

Sí, aquellos que caminaban con Él, que ya habían visto milagros, oído parábolas y aprendido sobre el Reino. Fueron ellos quienes, quizás por estar "demasiado ocupados", pensaron que los niños no merecían la atención de Jesús en ese momento. Y así, los apartaron.

Esto debería hacernos reflexionar profundamente sobre nuestras actitudes como adultos cristianos: ¿Hemos, sin darnos cuenta, impedido que los niños se encuentren con Cristo? ¿Nuestra religiosidad, nuestras prioridades o estructuras como la iglesia han creado obstáculos en lugar de puentes?

¿Nos preocupan las voces equivocadas?

Vivimos en una época de muchas preocupaciones legítimas: la influencia de los medios digitales, las prácticas educativas, los ataques a la familia. Pero a veces estamos tan ocupados intentando impedir que los niños escuchen las voces del mundo que olvidamos asegurarnos de que escuchen la voz de Dios.

¿Cuántas veces les impedimos ver cierto contenido, pero no les mostramos las historias de la Biblia? ¿Cuántas veces los protegemos de internet, pero no los guiamos a la oración? ¿Cuántas veces tememos al mundo, pero no les enseñamos a reconocer la voz del Creador?

Una mirada al Edén

Esta escena de los Evangelios también evoca sorprendentemente el Jardín del Edén. Allí, Dios manda a Adán y Eva ser fructíferos y multiplicarse, pero este mandato solo se cumple después de la Caída. Antes de la separación causada por el pecado, no había hijos en el paraíso.

Esto demuestra que la historia de la humanidad con Dios aún debía completarse. Y cuando Jesús, el nuevo Adán, regresa a la tierra, restablece la conexión entre Dios y la humanidad. Y esta vez, los niños están presentes. Y, una vez más, los adultos obstaculizan esta reunión.

¿Y ahora qué? ¿Cuál es nuestro papel?

Hoy, Jesús sigue presente en nuestras comunidades. Hay niños entre nosotros. La pregunta es: ¿qué hemos hecho?

¿Somos nosotros los que dirigimos o los que obstaculizamos?
¿Somos nosotros los que bendecimos o los que ignoramos?

Nuestro llamado es claro: guiar a los pequeños hacia Jesús con sencillez, alegría y verdad. Esto se puede lograr mediante:

  • Enseñar con paciencia y amor.

  • Escuche sus preguntas e historias.

  • Crear entornos seguros y acogedores.

  • Invierte tiempo en oración por ellos.

  • Servir con un corazón centrado en el discipulado infantil.

Conclusión

El Reino de Dios pertenece a los niños y a quienes son como ellos. Jesús nos llamó a cuidar, educar y proteger a los pequeños, no solo física sino espiritualmente. Que nunca seamos un obstáculo en su camino hacia Cristo. Al contrario: que seamos un puente, un abrazo, una presencia.

Que Dios nos despierte, como iglesia, para traer urgentemente a los niños a Jesús, antes de que el mundo los aleje de Él.

Por Bruno Teixeira, Generación Elo

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